Sestea, el moscardón, y Bonifacia

Sabor a gloria de Janler Méndez

Los momentos previos a mi siesta diaria, (es ley de andaluz echar la siesta -media, una hora-) suele venir acompañada del zumbido de un molesto moscardón. Le voy a cambiar el nombre. Moscardón no, moscón o mejor, mosquillón. Ronda a mi siesta con aires de macho ibérico. Se llega a insinuar, hace en el aire zumbidos espectaculares, despliega, en una palabra y en dos minutos todo su arsenal de díptero porculero y cuasi coleóptero por su envergadura y tamaño. El cortejo está próximo pero sigo despierto. Me incorporo, me acerco a la ventana y bajo la persiana. Establezco así una muralla difícil de franquear. A un lado yo y mi siesta, al otro, el moscón rodeado de azulejos sevillanos, macetas ornamentales y una temperatura de auténtico patio andaluz, cordobés, diría yo.

Mientras acaricio mi siesta, escucho cómo el zumbido del moscardón se hace cada vez más intenso. Imagino, desde mi placentera posición que está desesperado por buscar un orificio por donde penetrar y hacer con mi siesta algo que nunca me gustado: que la molesten. Me canso de escucharlo. El moscardón sigue ahí revoloteando. Me levanto de la cama y me dirijo hacia el patio. Abro la puerta que da acceso al campo de batalla y dispuesto a ganarla le busco el punto débil al puto moscardón: su torpe vuelo y su sonoro zumbido. Comienzo a hacer aspavientos con mis brazos con la intención de desorientarlo; pero iza el vuelo, desciende de nuevo, me rodea, farda de vuelo, farda de zumbido y vuelve a tocarme. Empiezo a perder la paciencia. En un primer intento, no consigo derribarlo. Vuelve a rodearme y el hijo puta osa otra vez tocarme con la intención de intimidarme pero lo siento, -mi paciencia con los insectos es imberbe- sólo me queda aplicar la solución final, la solución de exterminio: me quito la chancla veraniega, me agazapo y cuando empieza a descender para volver a incordiarme, lo aplasto contra el quinto azulejo que hay bajo la ventana del dormitorio. Hacer de lince que estudia el zigzagueo de la presa, ha resultado y he obtenido mi recompensa. Esta noche Bonifacia, mi salamanquesa preferida, se dará un festín y además, me dejará el azulejo como nuevo. Silencio, voy a sestear, me reclama Sestea.

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8 comentarios to “Sestea, el moscardón, y Bonifacia”

  1. Dios mio, y yo que pensaba que era una sádica matando bichos con la zapatilla y total que ahí estás tu, a 1000km y recreándote en tu hazaña, cómo me gusta, jajajaja.

  2. Gracias, Silvia.
    Sigue por aquí.
    Un beso.

  3. La siesta, pues yo no puedo hacerla pero tampoco la haría, me sienta mal. En realidad a mi lo que me molesta son los mosquitos a altas horas de la madrugada. Suerte que este año andan un poco despistados con las temperaturas y no ha habido casi ninguno. Dichosos invertebrados!!

  4. Hala, niño, dime como lo haces para poner los links y que no aparezca la palabra Blogroll encima… He empezado un blog en wordpress y esto me lleva de cabeza. Plis, ayúdame… bloggero incansable!

  5. Anda, ¿tú también?
    A ver déjame que lo mire y te envío un mail…

  6. A las moscas les encanta la mierda y me da mucho asco que se me posen encima. A veces, el insecticidio a chancletazo parece la única opción.

  7. Pues mira que tengo el patio bonico y azulejado… Pero no era una mosca sino un moscón que rondaba a mi siesta.

  8. jajajaja!! este relato me trae recuerdos de mis momentos de “evacuación” (vamos, cuando voy al baño a cagar, con la puerta abierta, nosajo).
    Sólo una cosa, tienes huevos a haberte dormido la siesta tranquilamente después del subidón de adrenalina en el campo de batalla o patio andaluz!!

    Un saludo. Nos leemos.

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